Y los cruceros todavía siguen ahí

un bróker iq option El primer usuario de las nuevas pistas de skate del Port Vell fue un niño inglés con las piernas delgadas y cara de hooligan. Los cruceros todavía seguían ahí, decorado eterno de todas las fotos que se sacan desde este costado del largo y activo puerto de barcos de Barcelona.

Hasta hoy ya han pasando muchos skaters por ahí. Y seguirán pasando todo el verano, descongestionando la explanada del MACBA y ocupando en un sitio pegado al mar. Qué mejor para el que tiene un skate y le gusta respirar el aire marino, aunque esté contaminado de gases tóxicos fabricados por los cruceros. Sigue siendo el mar y la gente elige Barcelona porque tiene mar.

ingleses_opt

La idea de Europa

Son cinco las banderas que decoran la fachada del Nou Sardenya: la del club,  la del barrio de Gracia, la de Barcelona, la de Cataluña y la de la Unión Europea. Y son cinco, también, los rasgos comunes que distingue George Steiner en su texto “La idea de Europa”, un ensayo sarcástico en el que identifica características similares sobre lo que concebimos como “lo europeo”.

No dibujaré flechas arbitrarias entre las banderas y los conceptos de Steiner. No tendría sentido, sería largo y tedioso. Pero es raro estar parado afuera del estadio de un club que no sólo se llama Europa sino Club Esportiu Europa, conformando una sigla que coincide con la de la Comunidad Económica Europea (C.E.E.).

1_opt (1)

Es extraña la coincidencia porque se trata de un club de barrio, que presupone una cierta empatía. Hay que ser muy desalmado para no empatizar con la idea de cualquier club de barrio, sea de lo que sea y más allá del fútbol. Y hay que ser aún más desalmado para no morir de rabia viendo cómo la C.E.E. que dirige Ángela Merkel rechaza a miles de refugiados que huyen de las guerras que la misma C.E.E. se ha encargado de iniciar. Por lo que Europa, como continente y concepto, ahora mismo, quizás representen cualquier cosa menos algún tipo de sentimiento entrañable.

Paula Eskerra. Puta y feminista

Las historias de prostitutas, las reales y las ficticias, suelen contarse siempre con la misma fórmula: comienzan como una novela de Dickens y acaban como una de Dostoyevski. El personaje surge del barro y debe hacerse a sí mismo para salir de la pobreza, alcanza la gloria luego de tanto sacrificio y disfruta de su triunfo hasta que, siguiendo la ley de gravedad, vuelve a bajar al abismo pero, en este caso, ya no de la pobreza extrema sino uno más acorde con la clase media: el la soledad, el arrepentimiento y la redención.

La historia de Paula Ezkerra, y la de tantas, está llena de matices. Representa una generación de trabajadoras sexuales que está cambiando la manera de concebir la prostitución. Sí que nace en un hogar pobre. Y sí que se debe hacerse a sí misma. Pero cuando tiene 4 años, en su casa empieza a entrar dinero de golpe: casas, cenas afuera, objetos de lujo que no conocía.

“Me imagino que mi padre algún trapicheo habrá hecho. Y creo que tuvo que ver con esto de la gentrificación, porque él tenía una empresa de construcción y trabajaba para el Estado”.

Sí es la típica hija de padre ausente y adicto al trabajo, pero también es una niña atípica sin el complejo de Electra. La relación con él es muy lejana y su mejor amiga, siempre, será su madre. Paula se hace adolescente en la calle, a los 13 años, como si el abandono de la niñez implicara también el del hogar familiar.

12573800_10208602454485913_7688544966481627247_n

Pero sobre esa etapa no dará muchos detalles. Desde la cocina de su nuevo piso, mientras maniobra una cafetera italiana, sólo dibujará dos trazos como para situar su perfil por esos años: el pasaje de una villa miseria a un PH en Barrio Norte de Buenos Aires y la adopción del seudónimo Ezquerra como homenaje a un compañero que tuvo (detesta la palabra “novio”) y cuyo apellido era Ezquerro y que era anarquista y anticapitalista y al que ella feminizó para incorporar la lucha de género en torno a esos ideales.

Baja fidelidad. Siete canciones barcelonesas

Publicado originalmente en Continuidad de los libros

Es el extracto fundamental de la banda de sonido de mi década de los 30 y de sus crisis fluctuantes entre el agobio de los trabajos de oficina, las violencias contenidas, una identidad difusa, los males de amores y la insatisfacción creativa. Una deriva entre el cambio y la incertidumbre.

Una crisis efímera y microscópica en medio de la Gran Crisis. Con canciones que se enmarcan dentro de una tradición que ha puesto de moda celebrar la vida, con todas sus miserias incluidas. Cada una marca una etapa diferente de mi descubrimiento de un nuevo país en el que vivo hace años, que todavía no sé bien cómo llamarlo. Y de una ciudad inconclusa y ambigua, que existe en eternas paradojas que también repercuten en las propuestas estéticas de los músicos que cría.

Podría haber optado por la teoría paranoico-conspirativa con respecto a estas canciones y decir que las letras son puro marketing al estilo Don Draper: “Amor es una palabra que ha inventado gente como yo para vender medias”. Entonces, tendría que pensar que hay un complot de la banca catalana para financiar a estos grupos que tratan de inocularnos tristeza para que consumamos y nos sintamos más felices adquiriendo productos que, en realidad, no necesitamos.

No sé si existirá algo parecido a eso. A lo mejor sí. Pero en estas 7 canciones no hay melodrama en el sentido tópico del término. Ni tristeza ni alegría excesivas. Todo sentimiento desnudo se encripta en ironías, historias absurdas y cinismos varios. Son poesía en diferentes vertientes.

Barça en la frontera, Camp Nou en el resto de variaciones

La última vez que vi al Barça en el Camp Nou fue la que más cerca estuve del campo de juego. Nunca había visto a Messi a ras del suelo. Y no había prestado atención, hasta ese día, a esas piernas tan arqueadas y a esa manera tan torcida de pararse en la cancha cuando no tiene la pelota, cuando las cámaras no lo registran. Hasta pude escuchar los pasos de su galope avanzando con el balón, junto con el tropel de adversarios y compañeros que seguían sus pasos y que sumaban pisadas y sonidos secos en la alfombra verde que el FC Barcelona estrenaba justo ese día.

Ese partido acabó 1 a 0 a favor de los culés y el equipo adversario era el Málaga, que tiene la camiseta igual a la de Racing Club, mi equipo en Argentina. Este dato no es una tontería, porque cada 5 minutos la visión de camisetas a rayas celestes y blancas me llevaban a hacer comparaciones. Y no se trata de eso. Pero, por nombrar sólo una, los datos de la entradas (acceso 14, puerta 22, boca 9, fila G, asiento 0004) ya representaban un crucigrama que me costó varios minutos descifrar. Nada que ver con la entrada abrupta, en masa y anti-numérica en la popular del Cilindro de Avellaneda.

Cuando logré comprender dónde era mi ubicación, comencé a bajar escalones. Y no bajé más porque no se podía: lo siguiente era el césped. Esa fue la primera vez que el Camp Nou desapareció durante todo el partido.

2

Turó de la Rovira. Nueve maneras de estar en lo alto del búnker

No deja de ser una paradoja estar en lo alto de un búnker. Siempre se asocia esta palabra con lo subterráneo y lo hermético, con lo más lejos que se pueda estar del sol y de la luz. Pero también hay búnkeres en las cimas de montañas. Y este en concreto, llamado Turó de la Rovira, está de moda desde hace bastante tiempo en Barcelona y por muchos motivos. Barcelona tiene una voracidad insólita para tantas demandas y necesidades. Y este búnker es un reflejo, un laboratorio de todos esos cruces que pueden darse en la ciudad inconclusa.

A efectos de ser sintético, propongo nueve motivos diferentes por los que la gente viene al Turó como una procesión. Y qué hace y por qué se queda. Cada tipología tiene su respectiva fotografía. Hay más, claro, pero el resto de clasificaciones se lo dejo a otros. O a Ud, señor/señora lector/a.

 

UNO. La selfie entre la neblina

7

El fondo no está nada mal como maqueta paran nuestras selfies. Se ve la torre Agbar, las torres Mapfre, la Sagrada Familia, lo que parecería ser el mar en el horizonte. Por eso vienen cada vez más turistas. Pero la selfie, aquí, hace que Barcelona se vea como si hubiera alquilado la neblina londinense. Es por esto que la selfie desde este rincón viene con el detalle de la pátina de smog que otras panorámicas no tienen. Las siluetas se alteran. La maqueta se desdibuja.


DOS. El reverso panorámico

8

Si lo que se quiere es una vista panorámica en el sentido clásico y nítido del concepto, lo mejor es situarse en la Cara B del Turó. Sólo hay que girar 180º y lo que era una maqueta llena de humo se transforma en arquitectura clara con casas de paredes blancas y techos de tejas rojas. Son pocos frecuentes las selfies de este lado del Turó y muchos, ni siquiera pierden tiempo con mirar para aquí. Para esto se necesita experiencia, estar cansado siempre de la misma toma, tener olfato. Como puede apreciarse en la foto, esta pareja disfruta las vistas en un plácido silencio, dándole la espalda al mar y al smog. Absortos los dos en la claridad y en el contraste.

Un metro bajo tierra

1 bis
La pregunta global que abarca todas las inquietudes para este reportaje es bastante simple: qué hago acá. Por qué voy en un vagón de la L3 a las 8.30h de la mañana de un viernes feriado, por qué me bajo en Zona Universitaria y por qué subo por las escaleras mecánicas hasta llegar a una superficie de tierra nublada y llena de policías encapuchados y sindicalistas.

Qué necesidad tenía hoy transportar hasta tan lejos (y de seguir transportando, porque de eso se trata hoy) mi nariz resfriada y dilatada, que más que nariz es un grifo oxidado de moco líquido e inconsistente. Tengo muchas ganas de arrancármela con petardo de doble mecha, pero desisto de la idea porque extrañamente puedo oler muy bien pese al tapón. Hasta podría competir con el olfato de Hannibal Lecter.

Existe un género de periodismo en el que todo periodista suele caer con frecuencia y que podría llamarse el periodismo masoca. Tiene que ver con un sufrimiento inútil e innecesario, que ni siquiera llega a ser gonzo porque el gonzo implica, también, aventura y diversión. El periodismo masoca se define por su sordidez y su monotonía, implica un masoquismo prescrito y absoluto, que no trae aparejado más que eso: desazón, aburrimiento. Y todo, por nada. Porque no es que me hayan enviado, yo decidí por mi cuenta venir acá.

2

La cobertura de esta inauguración, entonces, es el caso que ejemplifica el concepto de periodismo masoca. ¿Qué más esperaba encontrarme durante esta mañana si no era un tren funcionando a una velocidad estándar, un montón de periodistas pisándose por las mejores fotos y algunos políticos posando con sus mejores caras de muñecos? La verdad que no esperaba nada. Y sin embargo, aquí estoy, esnifando mis flemas frente al Acuartelamiento del Bruc, viendo como Oriol Junqueras con un ojo saluda a algunos conocidos y con el otro espía la protesta de los empleados de TMB que esperan a Ada Colau para advertirle que si no hay acuerdo tienen decidido a pudrir el Mobile World Congress que está a punto de comenzar. 

El carnaval de la Reina Belluga

 

Reina Belluga, Carnaval de Barcelona 2016 21.01.2016 Foto PERE VIRGILI

Foto: PERE VIRGILI

La palabra “belluga” implica a la tercera persona catalana del singular y significa “menea” o “mueve”. Ell/Ella belluga o menea o mueve  o hace mover una cosa, principalmente alguna parte del cuerpo, desplazándola ligeramente, agitándola, removiéndola.

En un momento dado del siglo XVII en Barcelona se decidió nombrar con este verbo a los monarcas catalanes nacidos de la parodia durante el carnaval y ponerles un sombrero lleno de molinillos de viento para reforzar el nombre. En realidad, no se sabe qué fue primero, si el nombre o el atrezzo, pero durante muchos siglos fue una palabra unisex y designó tanto al rey como a la reina. Después fue reemplazada por otra palabra netamente masculina, luego no hubo carnaval porque Franco no podía ser parodiado y ahora vuelve con una connotación netamente femenina. Ahora es ella sola quien belluga.

♦ ♦ ♦

Alrededor del CC Born se juntan niños vestidos de cowboys y de indios, una polarización espontánea que no desemboca en juegos de odio que simulan matarse entre sí. Los niños pasan de los otros niños y sus respectivos padres hacen lo mismo. Algunos mayores también van disfrazados, si se le puede llamar disfraz a una baratija de bazar chino colocada encima de la cabeza. Un animador muy maquillado de blanco y negro, estilo saltimbanqui, nos anima a tocarnos y a besarnos, a olvidarnos hoy de todos nuestros problemas y a chequear que los hayamos dejado todos en nuestras casas.

Viene llegando por el Paseo del Born un desfile encabezado por 7 embajadores que agrupan 7 distritos de Barcelona, un séquito numeroso y colorido en honor a la nueva nueva reina. Los embajadores parecen salidos de una nueva temporada de American Horror Story, caminan en trance con sus ropas señoriales colorinches, impregnadas de polvo y de fiesta, saltando en monociclos, piruetas y muecas grotescas y esquizoides. La parodia de la entrada real y señorial está a punto caramelo. 

Vampiros de Barcelona. Ocho maneras diferentes de chupar la sangre

Todo suele nacer desde una superstición. La pelagra es una enfermedad muy antigua. Suele manifestarse en personas con una dieta pobre en proteínas. Se llama así desde 1771, cuando el médico italiano Franceso Frapolli unió dos términos en uno: pelle (piel) y agra (áspera).

El síntoma más característico es la piel descamada y pálida. Puede haber, además, un crecimiento desproporcionado de las uñas y una fuerte fobia a la luz del sol. Es por esto último que, en la antigüedad, los enfermos de pelagra se escondían de día y salían por la noche. Y como se veían tan feos con esas pieles pálidas y descascaradas, esas uñas tan largas, caminaban ocultos y sigilosos entre pasillos y galerías, escondiéndose para devorar los pocos trozos de carne que podían conseguir y que su cuerpo tanto reclamaba.

Antes de hacerse oficial el nombre de la enfermedad, en cada pueblo tenían una palabra para estos enfermos. Diferían entre sí, claro, porque estamos hablando de denominaciones en lenguas eslavas, persas, latinas, griegas o árabes. Pero todos estos vocablos, mucho tiempo después, acabaron significando lo mismo. Todos querían decir “vampiros”.

Vampiro1
El vampirismo literario

Primero fue Lord Byron (“El vampiro”) y después Bram Stoker (“Drácula”). Gracias a estas dos novelas emblemáticas,  los vampiros pasaron de ser una versión monstruosa de los leprosos a convertirse en aristócratas letales y dandis trágicos. Hasta cambiaron su dieta: ya no eran cuasi-orcos que comían carne cruda sino sibaritas de la sangre pura servida en copa o consumida directamente desde sus envases cubiertos de piel.